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Wednesday, October 4, 2023

Demonios rebeldes

 



Y les dijo: Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno.

 Marcos 9:29

 

¿Te ha pasado que tus oraciones, ruegos, pedidos parecen caer en saco roto?

Entonces: ¿dónde quedan las palabras de Jesús?: “¿Si puedes creer, al que cree todo es posible”?

¿Hay algún demonio especialmente poderoso, que necesita más oración y ayuno?

Las enseñanzas del Maestro no pueden ser dilucidadas en la primera impresión, en una interpretación sin necesidad de elaborar.

Si bien este demonio estaba poseyendo al muchacho hacía largo tiempo, la liberación pudo ser efectuada por Jesús en el momento.

¿Cuál era la especial preparación que los discípulos debían tener antes de echar fuera demonios?

Comencemos por lo que el Señor les dice, implícitamente, que les falta: Oración y ayuno.

¿Para que nos es útil la oración? Básicamente la pregunta se contesta sola si nos preguntamos a quién oramos. Nuestro contacto con el Creador debe ser íntimo, permanente, hasta llegar a conocerlo en profundidad.

Y no podemos conocer a Dios, si no nos conocemos a nosotros mismos primero, lo que no sucede hasta no acercarnos al trono celestial, y percatarnos de nuestra humanidad, lo que nos lleva a humillarnos, a descender del lugar que creíamos merecer por el mero hecho de ser cristianos.

“Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” Lucas 5:8.

Pedro lo dice lleno de temor, al igual que los otros que vieron la muestra de poder sobrenatural.

Isaías siente algo más aterrorizador todavía: “Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” Isaías 6:5

En el primer contacto de Israel con Dios, mientras recibía Moisés los mandamientos: “Todo el pueblo observaba el estruendo y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron de lejos. Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos”

Moisés, al estar en frente al Altísimo, y sin saberlo, descendía del Monte con el rostro brillante: “Y Aarón y todos los hijos de Israel miraron a Moisés, y he aquí la piel de su rostro era resplandeciente; y tuvieron miedo de acercarse a él” Éxodo 34:30

Los discípulos convivían con el Señor, eso los llevó a asumir una familiaridad que produjo en ellos exceso de confianza.

A nosotros nos sucede algo parecido. Al coexistir entre hermanos de la fe, al estar permanentemente hablando de temas relacionados con nuestra posición de hijos de Dios, nos elevamos inconscientemente a una posición de confianza, y olvidamos con quien estamos tratando. Eso nos lleva al monte de la transfiguración, a fabricar tiendas para vivir cerca del Amado, sin percatarnos que estamos todavía en el valle, en “este cuerpo de muerte”

El ayuno ayuda a doblegar la carne, a adentrarnos en el ámbito espiritual, en la dimensión donde habita el Señor.

Recordemos que fuimos esclavos de Satanás, que nos conoce, y que no está dispuesto a doblegarse, a obedecer la orden de alejarse, así como así. Si no puede engañar al pecador, tratará de destruirlo, y si tampoco puede, tratará de aterrorizarlo.

No luchamos contra carne y sangre. Nuestra relación con Dios debe ser permanente. En ella entendemos que somos como niños débiles, vulnerables. Somos la manada pequeña.

La limpieza de la inocencia del niño que Jesús puso como ejemplo, debe renacer en nosotros, quitando toda maldad, y mediante la fe en el Hijo de Dios, adquirir la confianza, nacida del temor de nuestra posición, un temor reverente basado en el perfecto amor que recibimos, en la misericordia renovada.

Eso se debe practicar en el valle de sombra y de muerte. Nuestro rostro debe brillar, nuestra presencia debe atemorizar a las huestes espirituales de maldad de las regiones celestes.

Fe. Oración. Ayuno. Acción de gracias.

Permanentemente, porfiadamente.

 

Bendiciones

 Tu hermano en Cristo

 Roosevelt Jackson Altez

Máster en Estudios Teológicos “Logos Christian University”

 

Escríbenos a: edicionesdelareja@gmail.com

 Puedes encontrar este artículo en:

https://iglesiaheroesdelafe.blogspot.com/2023/10/demonios-rebeldes.html

Wednesday, September 11, 2013

El ayuno del burro

El gallo, consuetudinario madrugador, anunció la llegada de la aurora.

Algunos pájaros ya se le habían adelantado en su temprana rutina y cantaban alegres, (o al menos lo parecían). No escatimaban esfuerzos por hacerle saber a todo ser viviente que pronto el sol tocaría la tangente del horizonte y que era absolutamente necesario ponerse a hacer algo, es decir, a buscar comida.
En una vivienda en las afueras de la ciudad, una yunta de bueyes se demoraba en alzar sus moles, perezosos en la comodidad del terroso lecho, debajo de una encina centenaria.
Un burro, dentro del pesebre superpoblado, se levantó sin entender demasiado el porqué del apuro de los alados cantores, por cuanto tenían todo el día por delante para alimentar sus menudos cuerpos emplumados.
Después de sacudirse el polvo, meneó su cola, se golpeó con ella sus ancas, y la pasó entre las patas. Se frotó los ojos en sus extremidades anteriores y luego bostezó, dando por terminada su higiene matutina.
Le extrañó que el hijo menor de su dueño no hubiera llegado a molestarlo como todos los días, pero el joven a veces se olvidaba de sus tareas, demorándose tirando piedras a blancos imaginarios.
Se dirigió a la salida del humilde establo justo cuando el sol adelantaba sus rayos, en majestuosa aparición.
No vio ningún ser humano, ni de su casa, ni de los que cotidianamente transitaban por el camino, ya a esa hora de la mañana.
–Extraño- pensó. -Ayer no fue dia de fiesta.
Gallinas picoteaban el seco terruño, y las cabras rondaban en el reducido espacio del patio en procura de raíces. El rebaño de ovejas, esquilado hacía poco, saltaba de una en una el portillo semicerrado, y escapaban hacia el abrevadero del lado oeste de la vivienda.
Los pastores no aparecían, las mujeres tampoco.
Un murmullo se elevaba de las moradas vecinas y de las habitaciones de sus dueños. Y aunque el burro no era muy avezado en melodías, notó que el contenido las prolongadas notas que se escapaban por las ventanas se asemejaba más a gemidos que a regocijo.
El jumento no era dado a la bebida, pero de tanto cargar borrachos de regreso a casa se había familiarizado con las manifestaciones de alegría producto de las libaciones, y había llegado a asociar el olor peculiar que exhalaban (sumamente desagradable para su gusto), mientras cantaban en el trayecto de vuelta. Esos lamentos no eran canciones de ebrios.
Y la mañana avanzó sin producirse cambios. Continuaban las voces, pero nadie salía de las viviendas. Esto lo alarmaba porque la poca agua de los abrevaderos ya casi se había consumido, y el calor diurno comenzaba a sentirse.
Del rebaño brotaban balidos de desconformidad por la ausencia del pastor, y pese a la mansedumbre ovina natural, se notaba el nerviosismo provocado por la espera fuera de lo común, sustancial cambio en la rutina diaria.
El asno decidió indagar sobre el asunto, y se dirigió a preguntar a las gallinas, chismosas empedernidas, que se aprovechaban de la familiaridad con las personas para enterarse de todo. Una a una contestaron que no entendían lo que ocurría, pero al tocarle el turno a una polla colorada, muy conocida por lo sabihonda, ella dijo que en la mañana del día anterior un extranjero que vino del mar, pasó por esta parte de la ciudad advirtiendo que todo iba a ser destruido.
Un ohhh! rebuznado con sorpresa salió del hocico del jumento, y las amigas de la portadora de tan inquietante noticia cacarearon atemorizadas. Uno de los bueyes, rumiante de pocas palabras, con fama de sabio, se interesó al escuchar sobre el asunto y se acercó sin prisa. Al entrar en el círculo, comentó que  luego de uncirlo a la carreta,  al caer la tarde del día anterior, ya saliendo de la plaza donde sus amos vendían hortalizas, éstos se subieron al pescante para escuchar a un heraldo del rey. El pregonero, luego de cada toque de tambor repetía: “Que nadie tome ningún alimento. Que tampoco se dé de comer ni de beber al ganado y a los rebaños. Al contrario, vístanse todos con ropas ásperas en señal de dolor, y clamen a Dios con todas sus fuerzas. Deje cada uno su mala conducta y la violencia que ha estado cometiendo hasta ahora; tal vez Dios cambie de parecer y se calme su ira, y así no moriremos.” Firmado, el Rey de Nínive
Según el buey, aquella proclama se repitió varias veces, hasta que la voz se perdió en la distancia. También agregó que en el camino de regreso los hombres no pararon de hablar del asunto, y no urgieron a la yunta a volver con prontitud como de costumbre, sino que se demoraron hablando con los que se le cruzaban, comentando tan impactante e inusual asunto.
-¿Qué significa eso de clamar, y mala conducta?- Nunca escuché tal cosa-, dijo el burro
-¿Ropas ásperas, nosotras?- preguntó una cabra entrometida,
-¿Y cuándo va a pasar esto?, le preguntaron al buey.
-Según los hombres, dentro de cuarenta días.
Era una muy mala noticia estar sin comer ni tomar agua por tres días. Los animales más viejos recordaban las sequías, y como se marchitaba la hierba al agotarse el agua, la muerte de sus congéneres y el dolor de los hombres.
-Pero son sólo tres días, nos han tenido sin comer por más tiempo, ahora el agua sí que es un problema-, dijo el burro.
-Claro que ellos siempre están comiendo-, apuntó la gallina chismosa.
-¿Quién es Dios? Preguntó la cabra.
Se hizo un gran silencio. Nadie lo conocía.
Tenía que ser muy poderoso para que el mismísimo rey mandara aquel mensaje y para que todas las personas estuvieran tan preocupadas.
-Para los humanos ayunar no es sólo no comer-, corrigió el buey. -También es eso que estamos escuchando, esas voces tan extrañas, el agua salada que sale de sus ojos.
-Nadie me contesta mi pregunta- insistió la cabra: ¿Quién es Dios?
-No sabemos quién es-. Le dijo el burro y continuó: -pero a mí me cargaron una vez una imagen de madera, a la que le llamaban diosa Ishtar, y me hicieron llevarla por varios caminos hasta la casa de otros seres humanos. Agregó:
-Cuando pasaba, la gente se inclinaba delante de mí. Yo me puse muy feliz, porque supuse que los hombres me honraban, hasta que uno de los que me guiaba me dio con una vara en mis ancas y me recordó quien yo era.
-Para que el rey y sus ministros hayan mandado anunciar el decreto, este dios tiene que ser mucho más poderoso que la imagen que te hicieron llevar en tus lomos- acotó el buey.
-Nuestro rey es muy fuerte-, dijo el burro, -cuando sale a la guerra con su ejército demoran tanto como un día en atravesar las puertas de la ciudad, de la madrugada a la noche. Y el polvo que levantan al marchar puede verse desde muy lejos. Sus caballos son los más veloces del mundo, y como sus jinetes, no tienen miedo a nada.
-¿Cómo el rey le va a tener miedo a Dios?
-Tienes razón-. Asintió la cabra. –Pero menos sentido tiene que nos pongan bolsas por encima con este calor- Y mirando al buey, inquirió:
-¿Habrás oído bien?
El enorme animal se ofendió ante la duda. Dio media vuelta y volvió al lugar donde todavía reposaba su socio, sacudiendo la cabeza.
Las gallinas se alejaron.
La cabra vio una raíz entre dos piedras, y olvidó el asunto, dedicándose a remover la tierra con sus pezuñas.
Los lamentos aumentaban de volumen lentamente, extendiéndose por la ciudad.
El burro exhaló un rebuznado suspiro de resignación, mientras comentaba.
-Sigo sin entender esto del ayuno.
Moraleja: Todos conocemos que a Jonás se lo tragó un pez, pero como el burro, seguimos sin entender lo del ayuno.
(Leer el libro de Jonás)
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