Thursday, June 23, 2022

los idolos

 

Los idolos, las imágenes

 

El Catecismo requiere que todo católico "venere" estatuas o imágenes de Cristo, de María y otros: "Las imágenes sagradas, presentes en nuestras iglesias y en nuestras casas, están destinadas a despertar y alimentar nuestra fe en el Misterio de Cristo. A través del icono de Cristo y de sus obras de salvación, es a Él a quien adoramos. A través de las sagradas imágenes de la Santísima Madre de Dios, de los ángeles y de los santos, veneramos a quienes en ellas son representados" (pp. 344-345, #1192).

 

No importa cuál sea el propósito asignado a las imágenes, una cosa es cierta: son una transgresión a las instrucciones de Dios.

Cuando Dios dio los Diez Mandamientos, el segundo fue: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra".  Éxodo 20:4

Dios también ordenó:  "Ni te levantarás estatua, lo cual aborrece Jehová tu Dios". Deuteronomio 16:22

La Biblia concluye que aquellos que hacen o tienen estatuas, están corrompidos: "Guardad, pues, mucho vuestras almas... para que no os corrompáis y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra".

Deuteronomio 4:15-16

Dios declara su posición una vez más: "Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová vuestro Dios, que él estableció con vosotros, y no os hagáis escultura o imagen de ninguna cosa que Jehová tu Dios te ha prohibido". Deuteronomio 4:23

La Palabra de Dios también prohíbe expresamente que las personas se inclinen ante las imágenes, lo cual es común en la Iglesia Católica. Cada vez que usted vea al papa inclinado ante la imagen de María, debe pensar en este versículo de las Escrituras:  "No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso".  Éxodo 20:5

En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo explica por qué Dios se muestra inflexible respecto a los ídolos:

"¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios". 1 Corintios 10:19-20

Literalmente, detrás de cada ídolo hay un demonio, y Dios no quiere que las personas tengan comunión con demonios. No es de extrañar que Dios prohiba el uso de ídolos:   "No os volveréis a los ídolos, ni haréis para vosotros dioses de fundición. Yo Jehová vuestro Dios". Levítico 19:4

Dios aborrece la idolatría:  "Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra... con el tal ni aun comáis".  1 Corintios 5:11

"Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios".  Efesios 5:5

 

Dios declara aquí que los idólatras no entrarán al cielo. En el siguiente versículo, El advierte: "Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia". Efesios 5:6

 

¿Está engañándolo la Iglesia Católica con palabras vanas? Usted deberá decidirlo.

El catolicismo ni siquiera aparenta que esta doctrina haya provenido de Dios: "Siguiendo la enseñanza divinamente inspirada de nuestros santos Padres y la tradición de la Iglesia católica (pues reconocemos ser del Espíritu Santo que habita en ella), definimos con toda exactitud y cuidado que las venerables y santas imágenes, como también la imagen de la preciosa y vivificante cruz, tanto las pintadas como las de mosaico u otra materia conveniente, se expongan en las santas iglesias de Dios, en los vasos sagrados y ornamentos, en las paredes y en cuadros, en las casas y en los caminos: tanto las imágenes de nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo, como las de nuestra Señora inmaculada la santa Madre de Dios, de los santos ángeles y de todos los santos y justos" (p. 336, #1161).

Esta tradición provino de los "santos Padres" y de la "tradición de la Iglesia Católica". Se espera que usted crea que esos santos Padres fueron "divinamente inspirados" para quebrantar la Palabra de Dios. ¿Puede usted aceptar esto?

 

El salmista nos enseña aún más acerca de este tema:

"Los ídolos de las naciones son plata y oro, obra de manos de hombres. Tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven; tienen orejas, y no oyen; tampoco hay aliento en sus bocas. Semejantes a ellos son los que los hacen, y todos los que en ellos confían".  Salmos 135:15-18

 

En otras palabras, así como el ídolo es sordo y mudo, de igual manera todos los que hacen ídolos o confían en ellos carecen de entendimiento.

Esta es una poderosa advertencia de parte del Dios amoroso y compasivo.

 

La Iglesia Católica sostiene que los ídolos "despertarán y alimentarán" su fe en "el misterio de Cristo".

Pero la Palabra de Dios prohíbe su uso.

¿A quién obedecerá usted?

"No haréis para vosotros ídolos, ni escultura, ni os levantaréis estatua, ni pondréis en vuestra tierra piedra pintada para inclinaros a ella; porque yo soy Jehová vuestro Dios". Levítico 26:1

"Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres".  Marcos 7:8

 

Conclusión:

Además de la absoluta claridad conque la Biblia trata el asunto, ¿no es una tontería mayúscula arrodillarse ante una cosa inerte, que alguien dio forma y pedirle que le ayude?

Usted decide

 

Puedes escribirnos a raltez@gmail.com

Friday, June 17, 2022

Sequedad espiritual

 


Una cosa he demandado a Jehová, esta buscaré;

Que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida,

Para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo.

Salmo 27:4

 

El contenido de la oración es el combustible que enciende el fuego del sacrificio agradable al Señor. Y a menudo la leña está mojada.

Para entrar en tema y a título de ejemplo: supongamos que estamos viendo una película apta para todo público, con bajo contenido de violencia y una trama interesante. Una vez que termina y antes de irnos a dormir, nos disponemos a orar, leemos el pasaje bíblico del día, un salmo y comenzamos. Cuidadosamente nos humillamos delante de Dios, pedimos perdón por nuestros pecados, alabamos su santidad y nos recordamos en voz alta del sacrificio de Cristo. Tenemos de antemano pensado lo que íbamos a pedir y lo hacemos.

Pero no sentimos nada.

Y ese es un gran problema.

Es la falta de deseo genuino, desde lo más profundo, insustituible. Es el anhelo insaciable de estar en la presencia de Dios, de sentirlo, de tener la seguridad que está ahí, que nos escucha. Es sentir su amor.

Esa actitud contiene elección, voluntad, y fuego.

¿Qué fuego?

—“¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” Lucas 24:32

Ese fuego.

El ardor de corazón, provocado por digerir el libro, es decir, hacerlo parte de nuestro momento, entrar en el mismísimo asunto. Sumergirnos en el rio de Dios.

La oración que tiene estas características es genuina y específica.

Es el deseo santo ayudado por la dedicación plena, es la absorción de lo leído. Es vivir la Palabra.

Si lo hacemos dedicadamente, transitamos de lo real a lo espiritual, y entendemos nuestras necesidades en ese precioso ámbito, y nuestro deseo de comunicarnos crece. Sin darnos cuenta hemos entrado en la presencia de Dios, en la hermosura de su Santidad.

Los seres humanos pensamos todo el día, aun sin querer. Tenemos que detener la vorágine y conducir nuestra mente. Debemos hacerlo en forma puntual, con la intención de sumergirnos en las profundidades del espíritu.

Decía el rey David en el Salmo 42: “Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas”

En esas circunstancias la oración es genuina, es un clamor, como cuando “el ciervo brama por las corrientes de las aguas” (Salmo 42:1)

Nos salva de divagar con nuestros pensamientos hacia lagunas insípidas, alejados del Rio de Dios.

Bendiciones

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Tu hermano en Cristo

Roosevelt  Jackson Altez.  M.T.E.

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Wednesday, June 1, 2022

La voz

 


Y salieron de sus escondrijos como quienes se asoman luego de una tormenta de arena, sacudiéndose la desesperanza de siglos de silencio, sucios por fuera y por dentro, derrotados, cansados de su miseria. Venían de la dilatada provincia, de las afueras de la ciudad, de los campos resecos. En sus miradas, la agonizante luz que les dejaran sus ancestros brillaba de a ratos, como una lumbre soplada para que no muera, un punto encendido dentro del diminuto rescoldo de bordes oscuros, moribundo.

Habían escuchado la noticia. Un harapiento desconocido había surgido en el camino del desierto.  Para quienes llevaban esperando cuatrocientos años la voz del Yo Soy, aquella figura singular era la esperanza misma. Pregonando, alzando la voz entre serpientes y escorpiones, cada día se acercaba al riacho con un solo mensaje: ¡arrepiéntanse!

Desempolvaron los anaqueles de la memoria, las historias repetidas alrededor del fogón familiar. Hubo un tal Jonás, vomitado por un pez, que anduvo pregonando por tres días en la urbe de Nínive el mismo mensaje, con tal poder que hasta los animales ayunaron. Pero imposible que fuera el mismo, eso sucedió hace muchísimo tiempo, en una sociedad mala, de gente perversa.

Ellos no eran ninivitas, eran judíos, hijos del padre Abraham. Olvidados de Dios, pordioseros espirituales, buscando huellas en los cielos, en el viento, en las arenas calcinantes, indicios de aquel Dios que hiciera temblar el Monte Santo, que llenara de humo el famoso templo, que cuando hablaba el pueblo enterraba espantado la cabeza en el suelo.

Afligidos, sufriendo el acoso de los invasores, y de la propia élite religiosa,  se dirigieron en multitudes a cruzar el arroyuelo que otrora llamaran río, para escuchar el mensaje.

Curioso. En vez del llamado venir del majestuoso templo de Herodes, surgía de un charco; en lugar de la proclama resonar con trompetas, de la boca de un sacerdote ricachón de túnica recamada con hilos de oro, el clamor emanaba de un ermitaño, de áspera túnica de pelos de camello: barbudo, despeinado, y con las uñas llenas de tierra. Los que iban llegando formaban una larga fila, descendiendo a las aguas para ser sumergidos en el ritual purificador. Por unos segundos, el brazo que les sumergía los privaba de respirar lo suficiente para que, al emerger, aspiraran como un recién venido al mundo, con un prolongado gemido que les volvía a llenar las entrañas del aire.

Los maestros de la ley, el colegiado de hacedores de jurisprudencia, del yugo de preceptos, también se acercaron. Pero quedaban en la orilla, observando a prudente distancia, recelosos de una voz que sonaba mas fuerte que las de ellos, que atraía a multitudes, un líder desconocido, peligroso. Y se preguntaban: ¿Quién le dio autorización para meterse en el río? ¿para llamar al arrepentimiento? Ellos eran los sabios, los tenedores de los rollos sagrados. Los únicos que conocían la Torá.

Y le increpaban a la distancia: ¿Quién eres?

̶  Soy una voz que clama en el desierto.

Respuesta simple, concreta e ininteligible.

Pero las multitudes lo escuchaban. Y no sólo eso. Según él, atrás venía otro. Si este hacía ruido, el siguiente iba a ser peor.

Y decía:

 -Viene tras mí alguien que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado.

 Y lo mataron por eso. Acallaron, o creyeron hacerlo, la voz del que clamaba en el desierto.

Pero el que había de venir, llegó.

Y convirtió el agua en vino, y subió al monte, y habló.

Y lo mataron por eso, colgaron de un madero al único que los podía redimir. Se alegraron, hicieron fiesta y se mandaron obsequios.

Surgieron doce más, y los mataron uno a uno.

No lograron apagar el mensaje. Ahora son millones. La voz se ha extendido por el mundo. Aunque siguen matando a los mensajeros, es imparable

Es inmortal como la esperanza, es eterna como el amor.   

Vive.

REJA


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